La niebla crea incertidumbres, sombras chinescas que hacen galopar el corazón a ritmo desbocado y consigue que dudemos hasta de nuestra propia presencia.
Las manos surcadas de profundas arrugas, con prominentes y sinuosos ríos azulados descansan sobre el embozo de la sábana. La palidez embellece unos dedos finos, largos y bien cuidados, pero fríos y rígidos como garfios. A veces, sin motivo aparente, se encogen en un colvulso movimiento convirtiéndolos en una garra defensiva y temerosa.
Es el instinto -piensa- ¿tal vez el miedo?
Ya ha perdido la cuenta, pero son muchos años en esa denigrante posición, expuesto a las miradas críticas y de asco que todo visitante le prodiga. Expuesto en una vitrina como un animal salvaje...
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¡Ah si pudiera levantarme de aquí!... ¡si aún tuviera mis piernas!... Habéis venido a ver mi declive, lo advierto en vuestros ojos. Pero no os reconozco. ¡¡No sé quiénes sóis!!... no sóis mi gente, ni mi pueblo, ni mi raza... ¡Hablad! ¿o es que aún me tenéis miedo?
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Te has equivocado en todo: no tenemos miedo; somos de tu misma raza; tu mismo pueblo; somos tu gente y no venimos a ver tu declive sino a liberarte. Porque nosotros somos libres.
Y desaparecieron entre la niebla.
Los dedos se relajan y vuelven a su posición de durmiente. Siente fluir la sangre más allá de las caderas, como si renacieran nuevas piernas, vivas y fuertes como leños. El sopor se apodera de su consciencia y trata de recordar quién es.
El baile de caras es incesante. Enloquecidas espirales de caras desfilan por su cabeza.
-¡No, no están en mi cabeza sino en la habitación!- Todas diferentes pero con un rasgo común: el miedo. Y cuando lo descubre, siente renacer su poder, acrecentarse su orgullo.
-¡¡Venid malditos. Volved!!- Y como por arte de magia se materializan todas las caras... millones de ellas. Quietas y espectantes. Pero lejos de mostrar miedo, sus labios sonríen abiertamente y con satisfacción.
Todo volvía a empezar de nuevo...
-¡¡No... piedad... piedad!!-
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¡¡Pelotón!!... ¡¡apunten!!... ¡¡¡Fuego!!!
Humillado y herido de muerte cae desmadejado sobre una balsa de cal viva, donde cientos de cuerpos -con su misma cara- le están esperando. Pero él vive y -en su agonía- nota las quemaduras, el descarnarse... y el atroz sufrimiento le impide morir con dignidad.
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¿Nos recuerdas ahora? -articulan en una sola voz todas las bocas.
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¡Piedad. Os lo suplico! Dejadme morir y pagar mis culpas. Acabad con este sufrimiento constante.
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¿Quieres pagar tus culpas y reclamas piedad?... ¿qué culpa tuvimos nosotros?... ¿dónde guardabas tu piedad mientras nos mandabas fusilar; quemar en hornos; desollar -peor que a animales- con tus bombas de napalm; asfixiarnos con gas; hacernos saltar por los aires con tus bombas antipersonas; ahogarnos en ríos y mares profundos arrojados desde aviones como fardos inanimados?... ¿dónde tu misericordia mientras nos violaban y usaban como desahogo de cientos de brutos deshumanizados como tú?... dime ¿dónde tu humanidad y nuestra culpa?...
Pero no temas. Hemos venido a liberarte. ¿Ves? ya vuelves a estar en la camilla -carcomido por la enfermedad- sin brazos, sin piernas, con medio tronco y sin boca...
Mañana volveremos para divertirnos un rato más, todos juntos.
La niebla se va extendiendo por la habitación lentamente y en su sopor vuelve a encontrarse con las caras de siempre
...
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Doctor ¡mire! una lágrima...
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Eso es imposible, enfermera. Éste muñón no tiene apenas corazón y le falta la parte del cerebro que gobierna los sentimientos. Deje de perder el tiempo con él y continúe su recorrido.
...
La multitud de caras sonrientes que rodea su camilla va materializándose...
-¿estás preparado?
(MariluzGH)

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