Nunca fue fácil seguir tus pasos al ritmo y sin descansos. Eras agotador y disfrutabas al comprobar cuántos metros me había quedado atrás. Entonces parabas y encendías un cigarrillo y mientras yo llegaba, tú hacías aros de humo sonriendo con malicia, como un niño malcriado. Y como tal, cuando llegaba a tu altura, sin mirarme, reiniciabas tu maratón particular a ninguna parte. Porque la triste realidad es que nunca llegaste a ningún destino. Hasta hoy, que aquí estás entre cuatro velas, sin flores, y dentro de una caja de pino con el doble del ancho de tu cuerpo. No sé para qué. Pero ahí estás; bien vestido y perfumado; sin más compañía que mi silencio acusador y mis resecos ojos. Sola, porque nunca quisiste tener hijos; decías que éste no era mundo para criar niños sanos. Niños -decías- que al hacerse mayores te mandarían a un asilo y a mi me utilizarían de criada en nuestra propia casa. Como si no lo hubiese sido siempre. No tenemos vecinos ni amigos. Tú decías que los vecinos sólo sirven para perderte las herramientas y los amigos sólo te recuerdan cuando se les acaba el dinero y vienen a beberse tu vino y comerse mis asados. Tampoco tenemos compañeros de trabajo. Siempre trabajamos nuestras tierras y decías que con nuestras manos nos bastaban. Lo tenías todo calculado; medido; pensado... hasta dejaste cavada la fosa y la caja dentro aguardando los cuerpos. Y por eso te odio más que antes; porque ahora comprendo para qué tanta anchura. Ahí te imagino esperándome fumando tu postrer cigarrillo haciendo aros de humo. Échate a un lado que me tumbaré a tu lado.
Cuando alguien venga por aquí y nos vea dirá: «¡cuánto se querían!»...
Ay, si los muertos hablaran.
Ay, si los muertos hablaran.
(MariluzGH)




