Vieron acercarse la oscuridad con la pesada velocidad del árbol que cae vencido por la nieve; acostumbrados a ella, nunca terminaban de habituarse a sus tempestades. Las carreras hacia la casa, atropelladas y entre gritos de terror presagiaban los sucesos que se avecinaban.
- ¡Rápido, ataros los arneses!
La espera fue agónica, siendo inferior a un segundo. Una tremenda sacudida agitó toda la nieve de los árboles, tejados y caminos; el cielo -de pronto- se había vuelto negro y los cuerpos y muebles -aun amarrados y clavados al suelo- sufrieron uno de los más terribles terremotos jamás recordados. Quedaron extenuados y agradecidos porque conservaban la vida.
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- Pablito, cariño, si sigues agitando la bola de nieve con tanta energía conseguirás despegar las figuritas del interior...
(MariluzGH)



