Abrió la puerta para marcharse y no vio a nadie que le recibiera en el exterior. Todo estaba desierto. Hasta su casa estaba vacía y por eso quería irse. Necesitaba sentir otras vidas. Escuchar otros sonidos. Oler otros aromas. Huir. Cambiar de registros para saber que existía.
Metió las manos en los bolsillos y no había nada. Bueno sí... la arrugada servilleta de papel que decía:

