
Marzo quiere dar la bienvenida a la primavera a lo grande. El sol luminoso quiere romper la heladez de la mañana, pero ésta se resiste a sucumbir a las cálidas caricias de rayos solares; remolonea mimosa alrededor de las gotas escarchadas de los ventanales que dan al Palacio Real y acelera la respiración de quienes quieren detenerse a recibir el destello en sus ojos, pero ella -la frialdad- sigue batallando con el sol. De pronto todo se suspende, atrapado en un rizo entre el espacio y el tiempo. El ritmo acelerado de los viandantes, de mis propios pasos, se detiene ante la fugaz descarga eléctrica que sacude la calle; una sola nota musical ha quebrado la escarcha; ha difuminado el vaho que sale de las gargantas; ha engrandecido al rayo que se ha colado -de golpe- en los paseantes y apresurados peatones. Miro a ambos lados, busco con los ojos al músico que nos ha transformado y mis ojos no encuentran al violinista. Tengo que encontrar el origen de esa melodía de Mozart. Rompo la magia moviendo los pies en dirección al sonido.
Yuri tiene la nariz roja y los labios amoratados de frío. Está junto a una espectacular farola, delante de una mesa plegable y sentado en un taburete de tijera. Sus ojos no se levantan para mirar a quienes se paran delante de él a mirarle tocar. Solo si alguien echa una moneda, hace una leve señal de asentimiento y vuelve a poner la cabeza casi en ángulo recto mirando sus manos. Yuri o Iván o incluso Mijail -cualquiera sabe siquiera si es ruso- tiene ante sí ordenadas hileras, a distintas alturas, de copas de cristal con diferentes cantidades de agua (o vodka para combatir el frío) de donde a cada roce de sus dedos va desgranando una a una las más hermosas notas musicales. Mijail, Yuri o Iván no toca un violín. Mozart lloraría emocionado si viera la devoción del músico callejero que, una mañana de marzo en Madrid, venció al mismo invierno derritiendo la escarcha de la indiferencia que llevamos los habituales de las calles y los turistas ocasionales, haciendo brillar el sol de nuestras sonrisas.
Yo le eché una moneda y aprovechando su inclinación de cabeza, le mostré la cámara pidiéndole permiso para fotografiarle; Iván, Mijail o Yuri alzó sus hombros al tiempo que me miró directamente a los ojos, arrancándole yo un guiño y él a mi, una sonrisa.