Alzó la mirada
y en el breve camino hasta su rostro,
se detuvo en la gota, demorada
en el vértice del labio.
Estallido de vidrios en el pecho,
el pulso detenido sobre el gesto perplejo.
Tras el instante quieto,
latir vertiginoso de la sangre.
La transparencia púrpura
se destempló un segundo
y en sensual serpenteo,
se deslizó despacio…
por la piel trasnochada
de aquel labio.
Blanca paloma, la pequeña mano,
en un suave aletear llegó a la boca
y en un gesto sutil, como al descuido,
recogió el dedo la purpúrea gota.
La gota temblorosa
de fragante vino
fue a sus ojos
cual sangre en blanco lirio
y fue a su corazón punzante espino.
(Julia Cerles)
